miércoles, 14 de octubre de 2009

Ayer intercepté un mensaje de un malaonda típico: "che, los uruguayos no tienen ni pa´empezar con la murga que les llevamos nosotros", en alusión al partido que se disputa en minutos nomás en Montevideo. Es el sentimiento antimaradona que está tan en boga por estas horas. Yo no lo banco tanto al negro, pero sí me gustaría que tengamos esa cuota de alegría que da el fútbol, un triunfo a lo boca, como el de los minutos decisivos contra Perú, y ver otra vez esa palomita épica que se mandó el Pelusa al mejor estilo Rambert.
Es sólo fulbo, beib.

Very good

El problema de ser enamoradizo, además de que me comparen con Adrián, lo cual ya representaría oooootro gran conflicto, es la incomunicación. No hay nada más tonto y desacertado que el amor a primera vista. Ayer me pasó eso que los españoles llaman "hacer el tonto". Estaba tan pero tan impactado por la belleza de una mina, que la espanté. La "atormenté con los dedos" (como diría un poeta urbano) de la mirada. Mientras hablaba sobre no recuerdo bien qué cosa le dije todo con la mirada: tanto tiempo buscándote y por fin te encuentro/ te amo profundamente / me caso ya mismo con vos/ quiero vivir y envejecer a tu lado/ mis ojos son sólo tuyos/ entre tantas otras genialidades.
Tengo un amigo que le pasó algo parecido, pero por mirarle el culo a una gurisa. Cuando era más chico, le afanó la moto al padre y salió a dar una vuelta. Dice que vio pasar a una mina que partía la tierra, y se quedó mirándola por mucho tiempo, mientras avanzaba en la moto. Cuando quiso acordar, estaba sobándose la cabeza abajo de un acoplado de camión, con el marote ensangrentado. La fulana nunca se enteró del accidente que había causado. Es el impacto de la belleza.
En fin...verigud.

sábado, 3 de octubre de 2009

n/n

Proclamese casta, aquella a quien nadie pretende de amores. Leí una vez esa frase en un almanaque. Viste las que están atrás de la fecha? Bueno, ahí. Tardé un montón en entenderla: le daba vueltas y vueltas y no había caso. No tenía goyete. Hasta que un día me cayó la ficha. !Yastá! Quería decir que la virginidad no existía, de ninguna manera, porque a alguna mujer, en algún momento de su vida, alguien la pretendió. Ahora, de ahí a que fueran a los bifes son 500 pesos apartes.
Como dice Dolina, si no hay onda con una mina por más que le cuentes 25 veces el chiste del paisano que entró a comprar supositorios, no vas a tener suerte.
Pretender y no ser prentendido, corresponder y no ser correspondido, amar y no ser amado...cuánto más noble y sencillo son los sentimientos negativos. Puteá un día que andes apurado y vas a ver cómo te la devuelven. Es instantáneo.
No sé cómo fui a parar acá. Quiero escribir en realidad sobre una persecusión que se acaba de desatar, sobre esos seguimientos que solemos hacer cuando intentamos volver sobre una historia caduca. Escribir sobre esa pesquisa virtual que nos lleva a decir "mirá, dónde anda/ me querrá¿?/ por qué sigue dando vueltas" y empezamos a recorrer frenéticamente páginas, lugares, gente, contactos y la otra ni se entera.
Cuaaaalquiera.

viernes, 25 de septiembre de 2009

Tirando revistas

Qué placer es tirar a la mierda una revista después de terminar de hojearla. Así nomás, como viene, al boleo! Tirarla y ver como en el aire se va deshojando. Azotarla contra lo que venga: sillón, piso, pared, puertas. Pero darle con fuerza, con garra, como si fuera la última vez que se azota algo.
Recién terminaba de leer una nota de Carolina Balducci. Me gusta su estilo. Es lo que me llevó a escribir esto. Lo que me inspiró, si cabe el término para esta confesión modesta. Leyendo su nota me acordé inmediatamente de mi ex. Qué garrón esa palabrita. Ex amor, ex pareja, ex proyecto...Exocet! En lo que se había convertido la relación.
Ahora me siento tentado a googlear Carolina Balducci para ver qué cara tiene. Pero tengo miedo a que me decepcione, o peor aún, a que resulte demasiado atractiva y el resultado sea el mismo. ¿Sabrán lo que provocan en los lectores las que escriben en las revistas?
Ya pasaron algunos minutos en que le buscaba un cierre redondo al relato, pero no sale nada. Me voy a juntar la revista.

lunes, 10 de agosto de 2009

Noche trebolar

Sucedió anoche. Había algo extraño, como un viento arremolinado y trebolar, mágico, en la penumbra apenas visible por el llanto aromado de sahumerios. Todos asistimos a esa conjunción aromada, de destellos luminosos…y había un niño, más azul que de costumbre tejiendo travesuras, y un hombre con pelos en la cara, con los vellos ancestrales en el rostro, con los vellos por los que se conmovieron nuestros antepasados, un hombre. Y habían mujeres, contagiadas de una enfermedad anacrónica, inactual. Alegres mujeres de color y diversidad, alegres las mujeres de la risa, alegres las mujeres del final.
Como si fuera poco, en el centro, una ronda musical. Tejiendo las hebras del sonido van las cuerdas, como si fuesen copitos de azúcar en el viento trebolar. El viento las guía y las hace volar.
El hombre cuyo nombre implica distancia se encuentra con el niño azul duende y le pregunta: “¿dónde está la bufanda que hace caricias?”

(Atrevido). Perdón si lo salpiqué

La existencia se tornaba pesada. Vivir era asistir a una sucesión de eventos intrascendentes en la rutina de un pueblo gris y lejano, como el olvido. Se gestaba en él la idea del suicidio. La mayoría de las veces, pasaba las tardes junto al río, bajo las grebas de los sauces que hilvanaban melancólicas melodías de movimiento y color tras el soplido cálido de la sudestada. Observaba cómo el devenir continuo de las ondas del río lo transportaba a la llanura de los acontecimientos triviales de su vida. No pasaba nada. ¡Nunca!. Nada extraordinario. Me gustaría tener la levedad del agua, pensaba, disgregarme entre la materia viscosa de las olas, como el estallido seminal primitivo que hizo el orden del caos.
Ya no tenía casa donde habitar, ni patria que lo cobijara, ni lenguaje. Había perdido la identidad, y con ella el sentido. Recordaba unos versos de Hugo, y la sonrisa de un niño. En su memoria pululaba el olvido.
Una mujer lo pretendía. Con ella compartió los instantes ulteriores y definitivos: el vértigo, la desnudez, la ceremonia del sexo. Ésta era una expedición orientada a la erección y al orgasmo. Hacían el amor como dos atletas, en una dialéctica de avance y retroceso como luchadores de esgrima, batallando hasta que uno poseía al otro, al que se entregaba y se rendía. La erección era un misterio sagrado alimentado sobre el deseo de trascendencia. Allí debe estar Dios, pensaba. Pero ese misterio se derrumbaba durante el apogeo, sucumbía como sucumben los imperios. El orgasmo era la explosión perpetua que los arrojaba abatidos a cada uno a los extremos de la cama, como si el placer los lastimara.
Una vez más se hallaba a la vera del río, bajo la música del viento que se filtraba entre el ramaje. Había dejado sobre las rocas una pieza metálica. Esperaba paciente la hora precisa. El momento llegaría. Ese instante en que el sol se posaba sobre el metal y lo invadía con su calor y con su luz. Tomó decidido el disco solar hasta sangrar la mano. Sangrar sólo, solo sangrar. Ahora se había transformado en un sol de atardeceres. El sol del ocaso se abría paso entre sus pieles, desgarrándolas. Ahora lo inundaba de luz, irradiaba a su cuerpo desde adentro. Ahora el río era mar, y las olas graves estrépitos que lo rociaban de espuma y de sal.

Lontananza

Padre, estoy tan aburrido…
Últimamente me pongo a observar desde la ventana de la planta alta hacia la línea que une los vértices del horizonte, y lo espero vanamente…casi lo puedo ver llegar, con su camisa abierta y sus pectorales anchos, y su sonrisa y su barba y su pelo largo, sintiendo su olor a selva, a lontananza.
Quisiera estar desnudo con él otra vez, y contemplarlo desfalleciente a mi lado, observar su bravura, sus cortes, su hombría, y besarlo y retenerlo en el círculo de mis brazos.
Pero estoy tan aburrido Padre… que quisiera volver en una expedición al vientre de mamá. Hace poquito la veía tomando café y la envidiaba. Veía el rouge profundo de sus labios abiertos como bóvedas, y también la deseaba. El pliegue de sus labios acariciando y tiñendo la porcelana, me entristecía, porque ha pasado el tiempo, cuánto ya, y yo aún deseándola, queriendo profanar sus fauces para no sentirme manchado. Pero este deseo también es mácula y culpa y tristeza.
He visto a mis hermanos, Padre, a esos desconocidos del averno que tienen en la cara tatuada la miseria, y no he podido hablarles, ni sostenerles la mirada. Vi a un demonio rojo de ojos vidriosos, un patético ser mitológico y sentí frío y pena.
Padre, cómo quisiera volver a la tibieza de tu esperma, a la brisa fresca de tu sexo y no sentirme rasgado, pero estoy tan aburrido Padre…